Me levanté como cualquier otro día y, de camino a la cocina, encendí la tele para ponerme al día antes de ir a trabajar. Realities, cómo no. ¡Gran Hermano 56! ¿Es que no tenían otra cosa que poner? Si por esa casa había pasado ya media España.
Me preparé unas tostadas como a mí me gustan (tostaditas por abajo y chamuscadas por arriba), volví al salón e hice zapping hasta dar con las noticias. «El IPC vuelve a subir», «La bolsa, cada vez peor», «Ya son nueve millones de parados»… Todos los días lo mismo. Lo que tenían que hacer era volver a poner en pie la sanidad de la Seguridad Social, la de principios de siglo, antes de la gran crisis de 2039, que acabó con todo. Ya lo decía mi padre: «Los tiempos de bonanza han pasado».
Fui a la habitación a darle un beso a Estrella, mi novia, y me largué a currar.
Al volver por la tarde la vi desde la ventana. Estaba cantando su canción de Whitney Houston, «I Wanna Dance with Somebody», que por cierto le encantaba, y preparando una coreografía para su compañía de danza. Después de cinco años compartiendo cama con ella, todavía no entendía cómo podía retorcerse de esa manera. Siempre he dicho que serán los genes.
Había pegado en el suelo cruces de cinta americana con números. Estrella era así: antes de mover un pie, lo apuntaba. Contaba en voz alta (cinco, seis, siete, ocho), tachaba algo en la libreta que tenía encima del radiador y vuelta a empezar. Aquella libreta tenía más tachones que un parte amistoso de accidente.
Abrí la puerta y, antes de cerrarla, ya me había dejado caer en el sofá como un muñeco de trapo (de setenta y seis kilos, pero de trapo). Sin darme cuenta ya tenía a mi Estrellita ronroneando y haciéndome caricias en el cuello, y eso solo podía significar dos cosas: que llevaba la etiqueta de la camisa por fuera o… Bueno, eso no creo que le interese a nadie.
Después de la ducha, y de relajarnos (mucho, por cierto), llegó la hora de preparar la cena, y me tocaba a mí. ¡Qué le vamos a hacer, no siempre se puede comer bien! Así que bajé al sótano por unas escaleras que pedían a gritos una mano de pintura: de tanto encender la chimenea, empezaban a parecer las de un zulo. La chimenea era cosa de Estrella: teníamos calor azul en toda la casa, pero a ella le gustaba el olor a leña.
Abajo, en la bodega, tenía un congelador industrial de mis años de soltero. Mi madre cocinaba guiso de sobra y yo lo congelaba; era la única forma de comer como las personas, teniendo en cuenta mis dotes de cocinero. Allí seguían sus táperes, apilados y con tiras de cinta de carrocero escritas con su letra redonda: «LENTEJAS, ENERO», «MICHIRONES (CALIÉNTALOS, QUE TE CONOZCO)». Ni los toqué. Los guisos de mi madre eran para las emergencias. Cogí un par de pizzas ultracongeladas, subí y me puse con la trabajosa tarea de quitarles el envoltorio y meterlas en el horno cuando oí mi nombre. Era Estrella, que quería que viera algo en la tele.
—¡Mario! ¡Mario, ven!
Me acerqué y ella subió el volumen.
«Se ha detectado una roca en el espacio. Se prevé que pase muy cerca de la Tierra y, aunque solo sea por prevención, estén ustedes atentos a la televisión, a la radio y, por supuesto, a internet. Les iremos informando. Buenas noches. Informativos Telecinco.»
Tras un momento de silencio, dije:
—Otro fin del mundo… ¡Ya van tres en esta década!
—Yo, por si acaso, estaré atenta y echaré un vistazo por internet. Y voy a llamar a mi madre, a ver cómo le va con mi hermana en Londres.
—No te preocupes —le dije—, ya han dicho otras veces cosas parecidas: que si el cambio climático, que si los polos se derriten… Hace un par de años hasta hablaron de un meteorito.
—Aun así, lo miraré. No pienso dejar nada a la suerte.
Entonces me acordé de que hacía unos años habían dicho en las noticias que el Gobierno de EE. UU. estaba preparando un sistema antimeteoros que, una vez terminado, sería efectivo prácticamente al cien por cien, y se lo comenté para tranquilizarla.
Ella me sacó la lengua y, con el dedo índice, me mandó a freír espárragos. Era su forma de ganar las discusiones, como un árbitro que expulsa a un jugador. Luego me dio un achuchón de buenas noches y subió la escalera camino de la habitación. Yo me quedé en el sofá, mirándola como la primera vez y pensando en lo mucho que me gustaba que se sintiera tan segura a mi lado.
—Te quiero —le dije cuando ya giraba en el descansillo.
—Y yo, guapo —contestó, echando los hombros hacia delante, ese gesto suyo de cuando estaba contenta y le daba vergüenza que se le notara.
Al día siguiente, jueves, había revuelo en la oficina. Yo me dedicaba a vender seguros, y a la gente le había dado por asegurar cosas a troche y moche.
Supongo que hoy es un buen día, que voy a comisión, pensé.
Aquel jueves vendí once pólizas del hogar con la cláusula de «caída de objetos celestes», que venía en la letra pequeña y que nadie se había leído nunca. Mi jefe me dio una palmada en la espalda y me dijo que, si se acababa el mundo, ojalá fuera en viernes, porque los jueves se vendía de miedo.
Aun así, me picó la curiosidad y les pregunté a varios clientes el porqué de tanta prisa (aun a riesgo de que me soltaran un «¿Y a ti qué te importa?»). La mayoría me contestó que no quería llevarse un susto con lo del meteorito y quedarse sin nada.
Todo sea por el negocio. La verdad es que yo pasaba bastante de toda esa historia. Además, si algún día cae un meteorito en la Tierra, de poco les va a servir tener asegurado el chalé de la playa, aunque eso me lo guardé para mí.
Al llegar a casa después de un día más largo de lo habitual, me descalcé como a mí me gusta, lanzando los zapatos desde el sofá, y me dejé caer como un saco de arena. Haciendo zapping vi que en Antena Todo Noticias hablaban de la gran roca que bajaba incandescente hacia la Tierra, bla, bla, bla… ¡Qué pesados!, pensé. Y entonces sonó el teléfono.
—¡Hola, mamá!
Llevaba varios días sin hablar con mis padres, y quien me conoce sabe que soy un tío muy familiar. Con la familia de Estrella era más complicado, porque desde la crisis del 39 las compañías volvían a cobrar las llamadas internacionales por minutos, y una conferencia con Londres valía una pasta.
Estuvimos hablando de lo normal. Mi madre se quejaba de que mi padre nunca quería salir a ningún lado (ella, en cambio, siempre tenía ganas de marcha), aunque en el fondo no sabían estar el uno sin el otro.
—Le digo de bajar a pasear al puerto y me dice que el mar ya viene solo, que para qué vamos a ir nosotros —me contó.
De fondo oí a mi padre gruñir algo del fútbol.
También hablamos del meteorito, pero ellos tampoco acababan de creérselo, aunque en su voz noté algo de nervios, o de pena, quizá. Seguramente imaginaciones mías. Antes de colgar me soltó lo de siempre: «Estás muy flaco, tienes que comer más». Me lo decía desde los doce años, cuando pesaba cuarenta kilos, y me lo seguía diciendo con setenta y seis.
Me contó también que Martina, mi hermana, estaba bien y que tenía otra pareja (la tercera desde el verano). Vivía a dos manzanas de mis padres, en Cartagena, adonde se habían mudado hacía unos años desde La Manga del Mar Menor por eso de la crecida del mar. Una lástima, con lo bonita que era. De niño me encantaba corretear hasta el final de La Manga; me imaginaba que allí se terminaba el mundo. Qué inocente.
Seguí viendo la tele.
Estrella llegó cargada de bolsas herméticas de congelado y con una caja de latas de conserva.
—¿Es que no piensas volver a cocinar? —le dije de broma.
—No, tonto. Son provisiones para el congelador del sótano. Es que no sé qué pensar de todo lo que dicen en la tele.
—¡Nos hemos vuelto locos! —dije, con los brazos en alto, y seguí con mi paseo por los trescientos canales. ¡Era desesperante! Ya podía haber menos y con más criterio. No quería acabar sintonizando Gran Hermano, ¡puf!
—Las latas no se bajan solas, ¿eh? —dijo desde la cocina.
—Luego.
—Luego no existe, Mario.
Le expliqué que el escudo de los americanos iba a funcionar y que dentro de un mes nos estaríamos comiendo ese atún sin acordarnos de por qué lo habíamos comprado. Ella cogió la libreta de las coreografías, arrancó una hoja y la pegó en la nevera con un imán. Era una lista de las cosas del sótano, numeradas del uno al catorce. Al lado del uno había escrito: «LATAS (MARIO)».
—Pues si va a funcionar, mejor —dijo—. Así las bajas más contento.
Las bajé. Tres viajes. Contento, lo que se dice contento, no.
Cuando volví a subir, Estrella estaba en el pasillo con el teléfono en la oreja y el temporizador de la cocina en la otra mano, puesto en tres minutos, que era lo que nos podíamos permitir con Londres. Hablaba con su hermana pequeña. Por lo que pude pillar, la niña quería saber si la roca iba a caer en Londres.
—Aquí lo único que va a caer es tu nota de Mates si no estudias —le dijo—. Pásame a mamá.
Con su madre habló bajito y de espaldas a mí. Cuando sonó el temporizador colgó a media frase, como siempre, y se quedó un rato mirando el teléfono, como si fuera a volver a sonar.
—Otro día más y todavía sale el sol —dije el viernes por la mañana, desperezándome cruzado en la cama. Me había cogido el día libre: después del jueves de pólizas que llevaba, me lo había ganado.
Mi niña ya se había ido a trabajar, porque tenía una convención de estilo clásico en su local y ella, como siempre decía, no dejaba nada a la suerte. Necesitaba estar allí la primera, supervisándolo todo. Lo que no sabía es que, si no hubiera sido por la suerte, no nos habríamos conocido en aquella función de teatro. Fui de chiripa, pensé, y se me puso cara de pillo.
Y tan de chiripa. Un cliente que tenía una sala pequeña en Lavapiés me pagó parte de una póliza con dos invitaciones para un espectáculo de danza (cosas de ir a comisión) y, como nadie quiso acompañarme, fui solo. Fila tres. A los veinte minutos estaba dormido. Al acabar, en el bar del teatro, se me plantó delante una chica con el moño de bailarina todavía puesto, unos ojos verdes que daban miedo y una cerveza en cada mano.
—Tú eres el de la fila tres que roncaba —me dijo—. Me has hecho perder la cuenta en el segundo número.
Me dio una de las cervezas y me avisó de que la próxima la pagaba yo. Hubo próxima. Cinco años después, en cuanto se apagaban las luces de un teatro, todavía me daba un codazo, por si acaso.
Después de ducharme con agua helada, como a mí me gusta, me acordé de que llevaba varios días diciendo que iba a llamar a mi amigo Sergio. Había vuelto de un curso de pilotaje de helicópteros en situaciones de emergencia, porque formaba parte del Cuerpo Nacional de Salvamento Marítimo. Era una de las cosas que más admiraba de él, junto a su valor, teniendo en cuenta que parecía que se lo iba a llevar el viento. Sergi, como lo llamaba yo, llevaba varios meses de excedencia y, además de descansar, aprovechaba para meterse en cualquier iniciativa relacionada con el salvamento. Y desde su vuelta yo no había dado señales de vida.
Así que iba hacia el coche cuando me acordé de que tenía que haber puesto las baterías a cargar. Qué fastidio, y eso que se puede hacer en casa. ¡No me imagino cómo debía de ser a principios de siglo, con la gasolina y el gasóleo! Volví a entrar a por las de repuesto, saqué las gastadas, las guardé en el compartimento lateral de una de las puertas y metí las cargadas por la ranura que lleva bajo el volante. Qué práctico, ¿verdad? Todavía me acuerdo de mi primer coche de segunda mano. Era una chatarra de Mercedes del año 2036 que, aunque era eléctrico, aún llevaba una de esas baterías antiguas que pesaban como un saco de piedras.
Me presenté en casa de Sergi y nos fuimos a tomar unas cervezas.
Se pasó la primera ronda contándome el curso: rescates de noche con mala mar, con el helicóptero a dos metros de las olas. Yo le dije que, con lo que pesaba, el día que lo bajaran con el arnés se lo iba a llevar una gaviota. Levantó una ceja, la izquierda, como hacía siempre que iba a vacilarme.
—En el mar nunca he perdido a nadie, Mario.
Y pidió otra ronda, que pagué yo, cómo no.
Fue allí, tras una buena ración de cervezas, cuando me di cuenta de que la dichosa roca era una amenaza de verdad. En el informativo pusieron unas imágenes captadas por el Meteosat, que ya casi no se usaba desde que los chinos llenaron el espacio de satélites made in China. Ahora sí me lo creía. Ya lo dice el refrán: si no lo veo, no lo creo.
Nos fuimos a casa a esperar a mi chica. Yo ya estaba con la mosca detrás de la oreja. No estaba tranquilo, aunque era muy difícil que pasara nada, porque en las noticias y en internet habían vuelto a hablar del escudo antimeteoritos y aseguraban que estaría listo si hacía falta.
Cuando Estrella entró por la puerta, se me llenaron los ojos de lágrimas, como si llevara años sin verla. Intenté disimularlo y, aunque ella se dio cuenta, no dijo nada porque había visita. Solo me pasó el pulgar por debajo del ojo, rápido, y le preguntó a Sergi si se quedaba a cenar. Olía a la resina que se echan las bailarinas en las zapatillas para no resbalar; venía directa del local.
El sábado la cosa se puso más fea. Todas las cadenas hablaban de lo mismo, ¡y eran trescientas! Así que cogí a Estrella y la monté en el coche, dirección Cartagena.
—Vamos a recoger a mis padres y a mi hermana, y nos los traemos a Madrid. Se quedarán en el piso vacío que tiene Sergi a dos manzanas de casa.
Así lo hicimos. Cuando llegamos a Cartagena, parecía que mis padres nos estuvieran esperando.
Mi padre estaba en su sillón con el mando de la tele en la mano y, a sus pies, la maleta grande, cerrada y con el candado puesto.
—Yo de aquí no me muevo —dijo nada más vernos.
—Ya, papá. ¿Y la maleta?
—La maleta es de tu madre.
Era la suya. Llevaba atado al asa un fajo de revistas viejas de motos, las de siempre. Mi madre había intentado tirarlas tres veces. Ella salió de la cocina con una olla envuelta en un trapo de cuadros, porque a Madrid no se iba con las manos vacías, y Martina bajó con dos mochilas y el rímel corrido. Del novio nuevo no dijo nada y yo, por una vez, no pregunté.
Entre lágrimas de alegría (y otras que todavía no sé muy bien de qué eran), nos fuimos todos a la capital. Una vez allí se instalaron en el piso de Sergi, que antes había tenido alquilado a una pareja que acabó separándose.
Por la noche cenamos todos juntos; hasta invitamos a Sergi, para quitarle hierro al asunto y sentirnos un poco en familia. Como siempre, Martina empezó a contar historias de cuando yo quería ser cantante o de mis caídas en moto, pero a mí no me molestaba. Al revés.
Cenamos de la olla de mi madre, que resultó ser olla gitana, y mi hermana sacó el repertorio completo. La del concurso del instituto, cuando subí al escenario con la guitarra para cantarle a una tal Raquel y se me rompió la cuerda del mi al primer acorde. La de la minimoto de papá, cuando tenía nueve años y me empotré contra el contenedor del vidrio de La Manga.
—Y la moto, ni un rasguño —dijo mi padre, que en su vida me había preguntado por las rodillas.
Estrella se reía con la boca llena y pedía detalles: de qué color era la camisa del concurso, si la tal Raquel me había vuelto a hablar. Lo iba apuntando todo en la cabeza, la conozco. Munición para años.
Era feliz teniendo a toda la gente que quería alrededor de una mesa.
El domingo por la mañana seguí el ejemplo de mi chica (bueno, y de medio mundo) y fuimos a comprar comida en lata como para alimentar a un regimiento, con la lista de la nevera en la mano, que Estrella había ampliado a treinta y dos puntos. Víveres deshidratados, agua y todo lo necesario por si nos quedábamos aislados: jabón, papel, unas mantas, velas, linternas y hasta algunos juegos de mesa. Luego fuimos a por unos conectores nuevos para el generador solar que compartíamos los cinco vecinos de la comunidad y que también se usaba en las fiestas para los equipos de música y esas cosas.
De camino a casa pasamos por calles que normalmente estaban muy poco transitadas, porque nuestro adosado estaba a las afueras de Madrid. Aquel día no. Había estallado una especie de locura y todo el mundo corría de aquí para allá con maletas y colchones a cuestas. Unos lloraban y otros rezaban en corros, en plena calle. Pero lo que más me llamó la atención fue un hombre de mediana edad con la ropa rasgada y manchada de sangre. Tenía en brazos a una niña preciosa, rubia, y un perro callejero se le cobijaba entre las piernas. Estaban agazapados en el césped de un parque, junto al cajero donde unas horas antes yo había vaciado la cuenta corriente para comprar provisiones, y miraban al cielo.
No sé qué se me pasó por la cabeza, pero algo hizo que me acercara, aunque mi padre y Sergi no paraban de gritar mi nombre. Me senté a su lado, con un miedo que me subía por la espalda, y le dije que no perdiera el tiempo, que tenía que llevar a su hija a un lugar seguro. Me contestó balbuceando y, a la vez, con una frialdad que daba miedo:
—El único lugar seguro que hay está ahí arriba. Si no me crees, mira lo que viene hacia aquí. —Y cabeceaba hacia el cielo, arriba y abajo, como un loco.
Intenté quitarle de la cabeza la idea estúpida de quedarse allí y convencerlo de que viniera con nosotros. Apenas nos quedaba sitio, pero esa niña merecía vivir. Insistí un poco más, con los gritos de Sergi y de mi padre de fondo, mi nombre una y otra vez, como un disco rayado. Al final, a la desesperada, le propuse que me dejara llevármela a ella.
—Se merece un poco más de tiempo —le dije.
Giró la cabeza y me miró con un odio y un terror que no he vuelto a ver en nadie, y apretó a la niña contra su cuerpo cada vez más fuerte. Luego le dio una patada al perro, que salió despedido hasta mi lado como un balón de playa.
—¡Eso es lo único que podrás arrancar de mi lado, porque no podrá venir donde voy!
Sin fuerzas para seguir intentándolo, cogí al chucho, maldiciendo todo lo que sabía, y me fui alejando sin quitarle ojo a aquella niña. Sonreía y movía la manita de un lado a otro, sin saber si algún día iría al cole o le darían su primer beso. Tenía las mejillas rojas del frío. Supe que aquella sonrisa no se me iba a ir de la cabeza en la vida.
Y no se ha ido.
Ya en la puerta de casa, aunque lo que venía pintaba muy negro, sabía que tenía que levantarle el ánimo a mi familia. No quería ver a ninguno de los míos en el pellejo de aquel hombre del parque, ni en el de su niña. Maldita sea, solo es una niña.
Martina me quitó el perro de los brazos antes de que pudiera explicar de dónde lo había sacado. Lo olió, arrugó la nariz y anunció que, de momento, dormiría en el garaje. A los diez minutos lo tenía en el regazo.
Al entrar en casa intenté sonreír y dar buenos augurios del panorama de ahí fuera, pero era tan difícil que me limité a secarme debajo de los ojos unas lágrimas que no recordaba haber llorado. Les dije a todos que cogieran lo que creyeran necesario para pasar unos días en el sótano.
Estrella y yo pensamos que era el mejor sitio para refugiarnos, porque estaba totalmente acondicionado. Tanto el baño como la cocina eléctrica nos serían muy útiles hasta que todo pasara.
Mientras yo bajaba las bolsas de la compra, ella lo iba colocando todo siguiendo la lista: las latas en el botellero, el agua debajo de la escalera, las mantas dobladas encima del congelador y las linternas con las pilas puestas, una por cabeza y otra más «por si acaso». Hasta se había bajado la libreta de las coreografías. Le pregunté para qué.
—Para apuntar lo que gastamos —dijo.
La televisión decía que esa maldita roca pasaría rozando la Tierra en unas tres horas. Así que no creí que la dejaran acercarse más a nuestro frágil planeta, porque en un debate que emitían por la radio los expertos decían que en pocos minutos lanzarían el misil antimeteoros.
Eso nos dio cierta tranquilidad. Aunque, si no estaba previsto que chocara aquí, ¿por qué carajo querían destruirla? De todas formas, yo en eso no debía meterme, porque lo único en lo que podía ayudar era en hacerles unos seguros a terceros.
—Ha llegado el momento —dije, sin soltar la mano de Estrella ni quitarle ojo a la tele.
«El Gobierno de los Estados Unidos da luz verde al llamado plan alfa, más conocido por todos ustedes como el misil antiasteroides de la base del desierto de Nevada. En unos segundos se producirá el lanzamiento. Como presentadora de este informativo de última hora, me despido. Por razones obvias, este canal dejará de emitir durante unas horas. Antena Todo Noticias. Buena suerte a todos.»
Se hizo un silencio enorme en la cabeza de cada uno, y entonces empezó, sin que estuviera preparado ni el mismísimo diablo, la cuenta atrás. Ocho… siete… seis… cinco… Fueron los segundos más largos de nuestras vidas. Una sensación de frío y calor me subía desde los pies hasta el pecho y no me dejaba respirar, y la cuenta atrás no paraba. Cuatro… tres… dos… Entonces me giré y, sacando aliento de donde ya no había aire, dije:
—¡Os quiero!
Me salió casi sin voz, con un nudo en la garganta. Agarré la mano de Estrella con tanta fuerza que habría hecho chillar al tío más duro del mundo. Y ocurrió.
Uno… La cadena dejó de emitir.
Tras un silencio horrible que duraría un minuto, aunque a mí me pareció una eternidad, alguien preguntó con una voz que parecía el maullido de un gato:
—¿Y ahora qué?
—Ahora, nada —contesté, todavía alterado, y fui aflojando la mano de Estrella para que le volviera a llegar la sangre al resto del cuerpo.
Sin más preámbulos, empezamos a abrazarnos todos. Si no pasaba nada, era que todo había salido como estaba previsto y que se había acabado. Todo el miedo y la tensión de aquellos días se nos fue en besos y lágrimas de alegría. Hasta me acordé de las pocas ganas que tenía el miércoles de pintar las dichosas escaleras, y ahora me moría por hacerlo. El chucho, con tanto jaleo, no paraba de aullar.
—¡Está volviendo la señal! —gritó Sergi, y subió el volumen a toda prisa, sin acabar de creérselo.
Era otra vez la chica de los informativos. Yo esperaba buenas noticias, pero habló con la voz temblando:
«Señores televidentes, debo informarles de un fallo que acaban de comunicarnos en las coordenadas introducidas en el sistema de defensa mundial alfa. Aunque el misil ha alcanzado el asteroide, ese error, del 19,5 %, ha desplazado el punto de colisión. La roca ha variado su trayectoria y su masa, y ahora gran parte de ella se dirige directamente hacia nuestro planeta. Se prevé que impacte dentro de unos cuarenta y seis minutos en mitad del océano Pacífico. Les dejamos con las imágenes del Meteosat.»
Ahora sí que ni el silencio dejaba sitio para tantas preguntas. Nos quedamos todos de piedra, como muñecos en una casita de juguete.
Nadie se lo creía. Era tan ridículo que no cabía en la cabeza: habían mandado el mundo al infierno como quien se equivoca de casilla en un formulario.
Mi madre empezó a marearse, y no era de extrañar: habíamos pasado del llanto y del terror de morir calcinados en un sótano al optimismo, a las ganas de vivir; en definitiva, a eso que todos llamamos felicidad. Y ahora esto…
—Estamos jodidos —dije sin pestañear, con los ojos en la pantalla, en aquellas imágenes que iban a marcar nuestra insignificante existencia.
Mi padre intentaba reanimar a mamá sin mucho éxito. Estrella me miró con la cara descompuesta y, justo cuando un ruido ensordecedor hizo temblar la tierra, se encogió y se lanzó contra mi pecho buscando dónde resguardarse. Me agarró tan fuerte que me rasgó la pechera de la camiseta. Me giré para preguntarle a Sergi por aquel estruendo, parecido al de un avión que rompe la barrera del sonido, pero multiplicado por un millón. Seguía inmóvil, con el perro en brazos y la misma cara de no creérselo, mirando la tele. Del oído derecho le bajaba un hilo fino de sangre que le recorría el cuello hasta llegar a la camisa.
—¡Sergi, Sergi! —grité.
Me miró con una cara que yo no le conocía.
—No me encuentro muy bien.
Dejó caer al chucho y se desplomó como un edificio en plena demolición. Agarré a Estrella y, entre lágrimas y gritos, la llevé conmigo hasta él. Lo levantamos del suelo como pudimos y lo tumbamos junto a mi madre, que por fin empezaba a salir del susto.
Al cabo de unos minutos Sergi también volvió en sí, pero muy aturdido. No paraba de repetir que no oía por el oído derecho, y el mareo no le dejaba ponerse en pie. Mucho después supe que aquel estruendo había sido un pedazo de la roca, de los que arrancó el misil, que se adelantó al resto y estalló en el cielo.
En las noticias el caos era enorme. En el plató no se veía a ningún presentador y en el cronómetro solo quedaban diecisiete minutos. Solo esas malditas imágenes, una y otra vez. Cambiabas de cadena y más de lo mismo: gente gritando y corriendo por unos platós vacíos que un par de horas antes eran el entretenimiento de media España.
Así que no podíamos hacer otra cosa que esperar. Para no caer en el mismo error de antes, y para que nadie estuviera tan nervioso (aunque todos sabían lo que iba a pasar), propuse cantar algunas canciones. Justo entonces se perdió del todo la señal. Descolgué la guitarra destartalada del gancho del techo de la bodega, la del concurso del instituto, y aunque llevaba años sin tocarla, empecé a intentar dar dos notas seguidas sin pensar en nada más. Solo quería tocar y tocar hasta el final, como la orquesta del Titanic. Ojalá estuviéramos en el siglo XX, me lamenté.
Empecé con lo único que me salía entero, una rumba que me enseñó mi padre de pequeño, y mi madre la cantó con los ojos cerrados, desafinando como siempre. Luego Estrella me quitó la guitarra, me la devolvió afinada (ni sabía que sabía) y me pidió la de Whitney. No me la sabía. La cantó ella sola, bajito, con la cabeza apoyada en mi hombro, y mi hermana le hizo los coros con el perro en el regazo.
Al cabo de unos minutos miré el reloj y eché la cuenta: quedaba muy poco. Pensé que lo mejor era no decir nada y llegar a ese momento, que nadie sabía cómo iba a acabar, con toda mi gente unida.
Tres… dos… uno… Y… ¡bum!